El calvario que nos llevó al Mundial: de principio a fin, un tormentoso recorrido por Sudamérica

Tres entrenadores, tres presidentes, cinco estadios y sesenta futbolistas. Cuatro datos que resumen el calvario de estas eliminatorias. De Tevez a Icardi, de Lavezzi a Dybala, pasando por Roncaglia, Lamela, Roberto Pereyra, Pratto, Demichelis, Buffarini, Mas y Rigoni, entre tantos. Más ensayos que respuestas. Un estado de agitación constante que dejó registros increíbles, derrotas impensadas y rachas sin antecedentes. La Argentina descubrió zonas inexploradas, siempre acompañada por urgencias e incertidumbre. Un camino tapizado por pasos apresurados y zancadillas que nacieron de un enemigo interno. Un viaje por dos años donde la memoria ilumina culpas y responsables.

Derrota en el debut…, ¿una premonición? Apenas dos caídas acumulaba el ciclo de Gerardo Martino sobre 16 partidos cuando el 8 de octubre de 2016 comenzó la ruleta sudamericana. Claro que la definición por penales perdida ante Chile, en la final de la Copa América que se había jugado tres meses antes, era una herida abierta. Quizá como una premonición de los años agitados que vendrían, el estreno no pudo ser peor: derrota 2-0 con Ecuador, que de un Monumental semivacío se llevó la primera victoria de su historia. Sin Messi, lesionado y con Tevez indultado, la Argentina fue un esfuerzo desaliñado. Cinco días después, en Asunción, con Mascherano y Kranevitter como doble cinco, rescató un empate sin goles.

La resurrección en Barrranquilla. La siguiente serie, en noviembre de 2015, trajo el clásico al Monumental. Aún sin Messi, el equipo superó a Brasil en el juego pero no pudo pasar del 1-1 ante un rival que no todavía no era el aceitado equipo de Tite, sino la descolorida etapa final de Dunga. Dos puntos de nueve, una cosecha que empujaba a Martino contra un tembladeral para el siguiente choque en Barranquilla, con Colombia. Una magnífica tarea de Biglia, con gol incluido, junto con Banega, Di María, Higuaín y Lavezzi de laderos, conseguía una mínima victoria y le permitía a Martino pasar el verano en calma.

Rumbo al interior en búsqueda de cariño. Ajeno al descalabro de la AFA, después de las escandalosas elecciones que en diciembre habían terminado 38-38 entre Segura y Tinelli para que todo siguiera igual, la selección volvió al ruedo sudamericano y con dos victorias se acomodó en la tabla. El retorno de Messi fue vital para ganarle 2-1 a Chile, en Santiago, y para superar 2-0 a Bolivia, en Córdoba. El plantel había hecho escuchar su deseo de ya no jugar en el indiferente Monumental para sentirse más arropado en el interior del país. Martino acompañó la posición. El técnico ni sospechaba que había sido su despedida. Con una eficacia del 61%, dejaba a la Argentina tercera, con 11 unidades, a dos de los punteros Ecuador y Uruguay.

Bauza y el espejismo del debut. Después de otra final perdida por penales con Chile, frustrante dejá vu, en la Copa América del Centenario en los Estados Unidos, Martino renunció, agotado por el grondonismo residual que había dejado a la deriva logística y organizativa a la selección. También se marchó Messi, pero semanas más tarde reconsideró su postura. Llegaba el Comité de Regularización con Armando Pérez a la cabeza, una velada intervención gubernamental a la AFA, con la anuencia de la FIFA. Aterrizó Bauza, después que los entrenadores de jerarquía como Bielsa, Simeone y Pochettino rechazaron la propuesta. El debut no pudo ser más auspicioso: gol de Messi para la victoria 1-0 ante Uruguay, en Córdoba, y el liderazgo en la tabla. Fue un espejismo, enseguida se descubrió un equipo sin identidad ni confianza: cinco días después, y sin Messi golpeado, tras ir perdiendo 2-0 con Venezuela, en Mérida, rescató un empate 2-2 a siete minutos del final.

El derrumbe toma velocidad. La barranca se hizo más pronunciada desde entonces. Y nada la detendría. Bauza rotaba nombres y su propuesta desconcertaba. Todavía sin Messi, en octubre se sumó otro empate, ahora 2-2 con Perú, en Lima. Y cinco días después, una silbatina despidió a la selección de Córdoba tras caer 1-0 con Paraguay, que nunca había ganado en el país rumbo a una Copa Del Mundo. La Argentina retrocedía hasta la zona de repechaje. Los jugadores asumían el golpe anímico y no escondían el temor que los comenzaba a paralizar: “No estar en el Mundial sería lo más doloroso de nuestra carrera y nuestras vidas”, admitía Sergio Agüero.

La paliza en Belo Horizonte. En noviembre, Brasil bailó a la selección en Belo Horizonte. Fue 3-0, pero el resultado pudo cargar con varios goles más. Por primer vez en las eliminatorias, la Argentina perdía con Messi en la cancha; el crack parecía abatido, pero cinco días después una brillante actuación suya construyo una goleada ante Colombia, 3-0, en San Juan, para sostener a Bauza. Una derrota aceleraba la salida del entrenador. Esa noche, dolidos por rumores periodísticos, los jugadores decidieron ya no hablar con la prensa.

Nueva conducción y viejas mañas. Pasó el verano con Bauza en el cargo, pero sus frecuentes apariciones públicas con un desaconsejable triunfalismo dañaban su imagen. La reanudación de la ruta eliminatoria, en marzo, trajo una victoria 1-0 sobre Chile, con un penal inexistente que convirtió Messi, y nuevos análisis provocadores de Bauza, defendiendo una producción que sólo él veía. Tras el partido, Messi insultó a un juez asistente a la vista del mundo y la FIFA lo sancionó de oficio: cuatro partidos de castigo. A los pocos días, el ascenso a La Paz terminó con una nueva derrota, 2-0 ante Bolivia. El tiempo de Bauza -46% de eficacia- estaba agotado. Apenas 24 horas después asumió Tapia en la AFA y durante un par de semanas se montó un operativo desgaste sobre Bauza para que él decidiera alejarse. Ante su inflexible posición, finalmente Tapia lo echó. Una parodia de enredos y mentiras, mientras la AFA ya tomaba contacto con Sampaoli.

La angustia, compañera hasta el final. Un culebrón con Sevilla para conseguir la desvinculación de Sampaoli atrajo la atención durante semanas. El técnico quedó liberado al término de la temporada europea y en junio asumió en la selección. Otras ideas, otro estilo de conducción y otros nombres. Los históricos dejaron de ser intocables y apareció Mauro Icardi. No cambiaron los pobres resultados, aunque la propuesta fue más audaz. Los sucesivos empates con Uruguay, Venezuela -el primero del historial en Buenos Aires- y Perú mantuvieron a la selección envuelta en angustia y tensión. Cada vez que pareció condenada al abismo, el resultado de otro partido le mantuvo viva la esperanza. Hasta la visita a Quito, cuando le quedaba apenas una bala en la recámara. Era la bala de plata, la que le aseguró la supervivencia después de atravesar un calvario de 25 meses por América del Sur.