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Cultura - page 38

El personaje de historietas Nippur de Lagash cumple 50 años

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Creado en 1967 por el guionista paraguayo Robin Wood y el dibujante argentino Lucho Olivera, el incorruptible guerrero sumerio es uno de los íconos de la historieta latinoamericana.

Mayo de 1967. Buenos Aires, Argentina. Bajo la fría llovizna, un harapiento obrero paraguayo, oriundo de Caazapá, regresaba caminando desde la fábrica donde se ganaba el sustento hasta la humilde pensión de Martínez, donde debía semanas de alquiler.

Se detuvo frente a un kiosko a mirar tapas de diarios y revistas. Le llamó la atención el álbum de historietas D’artagnan, de la editorial Columba. Era la edición N° 151. En la portada, entre varios títulos, anunciaba: Historia para Lagash; por Robin Wood.

El obrero paraguayo caazapeño lo leyó una y otra vez, sin poder creer. Ignorando las protestas del kioskero, anotó la dirección de la casa editorial y se dirigió hacia allá, caminando largas cuadras.

La chica de la recepción lo miró entrar con actitud desconfiada, pero cuando él le dijo su nombre, se le iluminaron los ojos.

-¡Hace días que le estamos buscando, señor Robin Wood…! El editor quiere hablar con usted.

El obrero paraguayo caazapeño fue llevado hasta la lujosa oficina de un señor con traje y corbata, quien lo radiografió con una mirada de escepticismo, le pidió la cédula de identidad y finalmente esbozó una sonrisa.

-¿Es usted el que escribió esos guiones que publicamos? ¿Puede escribir más…? Se los compramos todos. Especialmente el de ese guerrero, el tal Nippur de Lagash…

Aquel día, el obrero paraguayo caazapeño recibió un primer cheque, que duplicaba en varios números el sueldo que cobraba en la fábrica, a la que desde entonces dejó de concurrir. Fue a un restaurante, pidió un plato de comida caliente, una botella de vino, se compró ropa nueva, se mudó de pensión… y empezó a escribir.

Un guerrero en Sumeria


Así empezó la historia o la leyenda.

Robin Wood tenía 23 años de edad, había llegado desde Paraguay, siguiendo el consejo de su mentor, el docente y político democratacristiano Rómulo Teobaldo Perina, quien un buen día lo alzó en el tren internacional desde Encarnación y le dijo: “Andate a la Argentina, aquí no hay nada que hacer, allá te vas a abrir camino”.

Nacido en Colonia Cosme, Caazapá, en 1944, descendiente de migrantes australianos, Robin había trabajado como mozo y obrajero, logrando apenas culminar la escuela primaria, aunque era un voraz lector de cuanto libro caía en sus manos. Llegó a escribir cuentos y ganó un concurso literario del diario La Tribuna.

En Buenos Aires intentó ser dibujante y se inscribió en la Escuela Panamericana de Arte, donde conoció al ilustrador correntino Luis Olivera. Descubrieron que tenían en común la fascinación por la antigua civilización sumeria. Lucho le dijo a Robin que dibujaba muy mal, pero escribía bien y le tentó a crear algunos guiones de historietas para que él los dibuje.

“Yo nunca había escrito un guion, pero Lucho me enseñó y probé suerte. Hice dos historias bélicas y una de un guerrero en la antigua Sumeria. Había que ponerle un nombre al personaje. Sabía que había dos ciudades importantes en la antigüedad: Nippur y Lagash. Con mucha obviedad le bauticé Nippur e hice que viviera en Lagash”, recuerda Robin.

Le pasó los guiones a su amigo y se olvidó del asunto. La poca plata le impidió seguir en la Panamericana y perdió todo contacto con Lucho… hasta que, aquella tarde gris de marzo de 1967, vio por primera vez a Nippur de Lagash en las páginas de D’artagnan.
Nippur, más que Superman
Historia para Lagash iba a durar solo un capítulo, en que el general Nippur, un recto y valiente guerrero, jefe de la guardia del rey Urukagina, fue exiliado debido a que el dictador Luggal-Zagizzi se apoderó de Lagash a sangre y fuego, en complicidad con el sacerdote Sumur.

Aquellas primeras páginas escritas por Wood y dibujadas por Olivera cautivaron a miles de lectores, que pidieron más y más aventuras. Entonces Robin echó a andar a su guerrero por los territorios de la antigüedad, en compañía de su fiel amigo Ur-El, el gigante de Elam.

Los llevó a Egipto, donde Nippur se enamoró de la hija del faraón, Nofretamon, y despreció los cegadores brillos del poder.

Llegaron a Atenas para ayudar a Teseo a vencer al Minotauro. Se metieron en varios entuertos, pelearon junto a pastores y reyes, enfrentaron a míticos monstruos y a bellas amazonas.

En cada aventura, Nippur iba adquiriendo un poco más de sabiduría y de habilidades. Ya se había ganado varios motes, entre ellos el incorruptible y el errante.

En su ensayo La espada y la palabra, el escritor argentino Martín Caparrós cuenta que leía con pasión a Nippur de Lagash en su niñez y lo compara con otro legendario personaje de comics, Superman, concluyendo que el personaje del autor paraguayo era mucho más que el superhéroe norteamericano.

“Superman podía ver y escuchar todo pero, en última instancia, no entendía nada: no aprendía. Nippur de Lagash, en cambio, sabía convertir su experiencia en ideas, conductas, expresiones. Nippur no pasaba intacto por el mundo, no seguía siendo siempre el mismo: sus experiencias lo marcaban, tanto que terminaron por costarle un ojo de la cara. A partir de la mitad de su historia, Nippur fue el tuerto al que una flecha le había arrancado el ojo izquierdo. Eso lo hizo más reflexivo, más interesante: el héroe era falible, dudaba y aprendía”, escribe Caparros.

Se refiere al recordado capítulo Laris sobre el espejo del desierto, publicado originalmente en julio de 1978, en el que Robin Wood decidió arrancarle un ojo a su héroe de un flechazo y dejarlo tuerto para siempre. Un hecho considerado muy revolucionario en la época, en que los héroes de historietas no podían morir, ni siquiera resfriarse.

Larga vida, Nippur


Desde 1967 hasta 1998, Robin Wood escribió en total 445 episodios de aventuras de Nippur de Lagash, que se publicaron en Argentina, Italia y España, principalmente, ilustrado por varios dibujantes, entre ellos Lucho Olvera, Ricardo Villagrán, Sergio Mulko, Jorge Zaffino y Carlos Leopardi.

Nippur vivió mil aventuras, tuvo un hijo, Hiras y una hija, Oona.

En su última aventura, ya anciano y barbudo, Nippur se perdió en el desierto, con apenas una alforja, su espada y una lanza.

Reapareció como personaje invitado en la década del 2000, en la serie Hiras, Hijo de Nippur, que dibujó el paraguayo Roberto Goiriz para las revista de la editorial Eura, de Italia.

Los gobiernos de Argentina y Paraguay le dedicaron estampillas de homenaje y existe el proyecto de una película sobre el personaje, a cargo del cineasta argentino Enrique Piñeiro.

La última vez que se lo vio fue en febrero este año, en la forma de un muñeco gigante, en una de las carrozas del carnaval de Encarnación, cuando el club Radio Parque le rindió un emotivo homenaje a Robin Wood, ante el aplauso de la multitud.

Quedan muchas anécdotas, como la de los padres que decidieron poner el nombre de Nippur a sus hijos y debieron pelear con la burocracia judicial para que sea aceptado en los registros oficiales. Uno de ellos está relatado en el libro El cuaderno de Nippur, de la argentina María Vázquez, quien murió de cáncer y dejó el testimonio escrito de su lucha, para que su bebé lo pueda conocer cuando grande. En el prólogo del libro, Robin Wood escribió: “Coloco una flor en su recuerdo e imagino a mi héroe recibiéndola en otro mundo de valientes y bendecidos”.

Es, probablemente, su aventura más bella.

Por Andrés Colmán Gutiérrez Ultima Hora

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